La interpretación de los sueños

14/06/2019 - 12:47h

David Monteagudo

Desde hace algún tiempo, tal vez un año o dos, tengo un sueño que se repite con ligeras variaciones, con una periodicidad incierta pero suficiente, en todo caso, para que lo considere un sueño recurrente. Los detalles concretos, alguna circunstancia particular, pueden variar en cada nueva escenificación de la historia, pero el conflicto de fondo y la sensación vagamente angustiosa que me produce son siempre los mismos, y mi mente los reconoce enseguida —incluso dentro del propio sueño— como a viejos conocidos de una pesadilla que ya me es familiar.

El rasgo en común de todas esas versiones es que transcurren en un ambiente laboral, en una fábrica en la que, al parecer, yo desempeño un trabajo especializado aunque un tanto ambiguo, que me exonera de las tareas más duras de la producción y al mismo tiempo me mantiene alejado de unos remotos cargos directivos, que nunca hacen acto de presencia.

En el sueño no llega a concretarse nunca la naturaleza exacta de mi actividad; ¿cómo se va a concretar, si lo único que hago es deambular por la fábrica de un lado a otro, intentando pasar desapercibido, escondiéndome la mayor parte del tiempo, afectando una gran actividad, un andar presuroso y atareado en los momentos en que no me queda otro remedio que cruzar por delante de alguna máquina en la que trajinan los operarios? Lo cierto es que mi mayor preocupación dentro del sueño consiste en ocultar el hecho vergonzante de que he ido descuidando mi trabajo hasta el extremo de que ya no hago nada en todo el día, en una inercia perversa que no soy capaz de romper, y todo mi esfuerzo se centra en que pasen las horas lo más rápidamente posible y que llegue cuanto antes el final de la jornada.

En la atmósfera opresiva del sueño flota la insinuación de que acepté el trabajo —que es de carácter técnico y requiere una cierta formación— sin tener los suficientes conocimientos, con un exceso de confianza en mis recursos y mi capacidad de improvisación. Pero la esencia del conflicto no es de naturaleza pragmática, sino profundamente moral. Lo que me atormenta no es la posibilidad de ser descubierto, de perder el trabajo y en consecuencia el sueldo que me pagan por él, sino la mala conciencia, el sentimiento de culpa por practicar la mentira y el engaño, y la incapacidad para salir de la degradación que eso significa.

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No me resulta difícil rastrear los momentos del pasado, las experiencias concretas que han servido para construir el escenario y el argumento de este sueño. Yo trabajé durante años en más de una fábrica, y aunque por regla general era considerado un trabajador incansable y entregado, no es menos cierto que hubo periodos en los que —debido a la versatilidad de mis capacidades— desempeñé alguna tarea algo más funcionarial, en la que pude haber experimentado, parcialmente y sólo por momentos, sensaciones análogas a las que me inquietan en mi sueño. Se trataría del mismo mecanismo de pesadilla que —por poner un ejemplo— me hizo soñar durante años que tenía que volver a hacer la mili.

Pero últimamente tiendo a pensar que no, que unos pocos momentos de escaqueo proletario no justifican esa obsesión recurrente, y que tal vez el sueño no apunta al pasado sino al presente, a mi condición de escritor profesional, no del todo asumida, al bloqueo que sufro desde hace meses, a la novela que no acaba de arrancar, al temor de no estar a la altura de las expectativas, de estar defraudando a todos aquellos—mi editor, mi mujer, mis amigos, mis lectores, algunos periodistas— que me imaginan amarrado al duro banco de mi escritorio, tecleando cada día durante horas y horas, como si fuera un escritor de verdad.

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