Tardes de cine

06/03/2019 - 11:40h

David Monteagudo

Vilafranca

Fui al cine el domingo por la tarde, como cuando era niño. Ahora ya no soy un niño, de hecho fui con mi mujer y con mis hijos, y el cine tenía unas butacas enormes y espaciosas, muy escalonadas, y todo a mi alrededor —los enormes envases de palomitas, las bebidas, los anuncios deslumbrantes y luminosos previos a la película— era bien diferente a lo que me rodeaba cada domingo en aquella única sala tristona y pueblerina de mi infancia. Pero, una vez empezada la película, la magia del cine era la misma que cuando yo tenía diez años: los primeros planos, los rostros gigantescos en la enorme pantalla, los actores y actrices atractivos, heroicos, o adorables en su fragilidad, mostrando siempre el lado bello, la aspiración, aquello que querríamos ser y que tan pocas veces encontramos en la vida real.

La película era un producto caro y deslumbrante, uno de esos espectáculos destinados a todas las edades, en los que la gran industria pone a trabajar a un ejército de verdaderos artistas, de personas creativas e inteligentes, para conseguir una mercancía infalible, de consumo masivo y calidad contrastada. Me ganó la riqueza de las imágenes, la imaginación, el talento innato de algunos intérpretes. Me identifiqué con el protagonista, un torpe con talentos ocultos, un tímido atractivo, como yo, pensaba ingenuamente, mientras me dejaba llevar por la trama y me preguntaba con cuál de las dos me quedaría: con la morena fría, de belleza inteligente y fuego contenido, o con la rubia sensual, cuya actitud provocativa escondía ternura e inseguridad.

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Algo me distrajo, me sacó del hechizo, y me vi en la fila de butacas, acompañado de mi familia. A la luz que irradiaban las imágenes vi la sala medio llena, las palomitas por el suelo y los contenedores para los envases junto a la salida. Como cuando era niño, en aquel pueblo miserable de principios de los setenta, y de golpe era consciente de la fealdad que me esperaba fuera, de que cuando saliera a la calle ya sería de noche, y al día siguiente sería lunes y tendría que ir a la escuela, sin novia, sin moto, sin ninguna de las cosas con las que soñaba.

Me di cuenta de que yo no podía ser el tímido interesante que protagonizaba la película, que ya nunca podría serlo, que ni siquiera encajaría en el papel de su maestro, el cuarentón carismático, un personaje cuyo papel en la trama era asexuado, pero al que el actor —un guapo reciclado en maduro con personalidad— le confería un evidente atractivo. No, la verdad es que yo, que me acerco a los sesenta, con mi calva y mi pelo blanco, con unas facciones que la edad ha reblandecido, me parecía más a otro, a un secundario insignificante que acababa de salir, un tipo que, como además era de los malos, se mostraba abiertamente feo y viejo, sin brillo en la mirada, ni magia, ni glamur ni polvo de estrellas.

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