El silencio

09/05/2016 - 08:07h

David Montegaudo

Vilafranca

Hace años que no conozco el silencio. Sólo a mí, que lo añoro; a mí, que no escucho música, que apago la radio o cualquier otro aparato cuando me quedo solo en casa; sólo a mí me está vedado. Lo mío no es un silencio poblado de ruidos. Lo mío es un crepitar incesante, como el de la electricidad estática, del que sobresalen tan sólo aquellos sonidos venidos del exterior que tienen la suficiente intensidad para apagarlo.
Yo, que amaba la quietud majestuosa de los paisajes desiertos, busco ahora la mediocridad urbana de este patio interior, en el que se oye de vez en cuando una imprecisa conversación, el arrastrar de un mueble en el piso de arriba, el ronroneo de un motor amortiguado por la lejanía, un grito aislado, un ladrido, cosas que rompen de vez en cuando el zumbido de central eléctrica en funcionamiento, el enjambre de abejas febrilmente atareadas que late constantemente en mi cerebro.

Nadie sabe explicarme lo que me ocurre, nadie puede comprenderlo, porque nadie puede entrar —aunque sólo sea un momento— dentro de mi cabeza. Me han hecho todo tipo de preguntas, pruebas, análisis y exploraciones. El médico de cabecera me envió al neurólogo, y el neurólogo al neurosiquiatra, y en todos esos rostros profesionales he visto el escepticismo y el mal disimulado fastidio ante lo inoportuno de mi reclamación. Tal vez sea cosa de las cervicales, sugieren unos; un problema de circulación sanguínea, me dicen otros.

Ahora ya no me tomo sus pastillas, he desistido de encontrar un remedio para este mal. No sabría decir cuando empecé a notarlo, porque apareció y ha ido aumentando muy lentamente, como sube la marea que acabará por ahogarnos. Pero últimamente tiendo a pensar que el mal forma parte de mi ser, que lo he llevado siempre en mi interior, agazapado como un animal dañino que espera su momento para atacar. Y recuerdo. Recuerdo que cuando era muy pequeño, en la aldea, vivíamos en una casa solitaria, rodeada de bosque por todas partes. En el invierno, en las noches de helada, el perfil de los montes se recortaba negro contra el cielo cuajado de estrellas, y la vida se detenía bajo el relente gélido, y no había una sola luz sobre la tierra. En esas noches, cuando todo estaba en absoluta quietud, cuando todos dormían, yo, desde mi cama, resguardado en mi habitación, aguzaba el oído, contenía la respiración y me quedaba inmóvil, para que ni siquiera las sábanas hicieran el menor ruido. Y entonces, en aquel silencio opaco y absoluto, oía el pitido sutil, todavía tierno, casi inaprehensible, de mi cerebro en constante funcionamiento.

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