De vinos y gastronomía
Jesús Velacoracho
Tras la llegada de los primeros frescos matinales y las soleadas tardes del otoño, con los chaparrones de agosto y los últimos del ya terciado septiembre, el aletargado universo de trufas y setas se activa y reaparece.
Como cada sábado por estas fechas, el “Mercat de la verdura” de Vilafranca ofrece a sus parroquianos -en algunas de sus vistosas y diligentes paradas- una muestra de las setas de temporada. Asoman sobre la madera del tablero mostrador, tan pródigos como puntuales, con su encarnada estampa y aún tenue aroma a sotobosque, los inevitables “robellones” primerizos. Se esparcen aquí, y se arraciman por allá en cestas, cajitas y cestillos… según precios, calidades, orígenes y tamaños! Casi al lado, las viscosas “llanegas”, tan esquivas y mocosas, rezuman su baba junto a los hongos más resultones y sugestivos: los espléndidos “boletus” de sombrero gris y firme carne blanca, desde donde deslían su etéreo perfume a monte y avellanas. Debajo, y como anticipados heraldos de los fríos invernales, los grises y linfáticos “fredolics” o “negrillas” exhiben al cliente su frágil carne y su hondo vahído a tierra mojada. Colindantes a ellos, con su escarolado y turbador aspecto, los pajizos e insólitos “pies de rata” despiertan la curiosidad impertinente de niños y curiosos. Inquietantes, las extrañas “colmenillas”, y las tubulares y enlutadas “trompetas de la muerte”, intimidan al neófito con su ceñudo -y falsario- semblante. Arriba, casi, casi en el borde mismo del tablero, los siempre trémulos y enjutos “rebozuelos amarillos” o “camagrocs”, exhalan su frutal y melancólico aliento a “tardor” precipitada.
Sostienen los entendidos que uno de los hongos más buscado y exquisito es el “ou de reig” u “oronja”. Estoy, con ellos, de acuerdo. Como también debió de estarlo el micólogo y emperador Claudio, que fue envenenado por su inicua esposa Agripina, quien le preparó un guiso de estas deliciosas setas -a. cesárea- a las que añadió otras -a. falloides- de consecuencias devastadoras para la salud del veterano César. Resulta curioso que de todas las castas de hongos que crecen en la península, casi un millar son comestibles y cerca de un centenar tienen explícito valor gastronómico; y como cada quien es cada cual, pues eso, que me declaro adicto a las mesetarias y humildes -que no villanas- “setas de cardo” o “panicalas”; y al monotemático restaurante “El empalme”, en Rionegro del Puente, -Zamora-; arca tótem del “boletus” y sancta sanctorum de las setas, así como Meca de obligado peregrinaje a todo micófilo que se precie. Valga como amable alternativa -para evitar tanto rodeo- pasarse por la parada vilafranquina “Fruits de bosc” de P. Carol. ¡Merece la pena!



