La intervención

04/07/2016 - 08:42h

David Monteagudo

Vilaranca

 

Mi mujer me engañaba. Tardé muchos años en darme cuenta, pero cuando lo descubrí decidí que me vengaría. Yo no soy un individuo vulgar, y mi venganza tampoco podía serlo. Mi venganza sería sorda y larvada, y no comportaría ningún sufrimiento. Yo, que había sufrido mucho cuando era joven por otras mujeres que ni siquiera me querían, no estaba dispuesto ahora a sufrir por una mujer que –a pesar de que me engañaba- me quería y estaba dispuesta a pasar toda la vida conmigo.
La cosa era muy sencilla, pero necesitaba de una pequeña intervención, y además había que suprimir todo contacto físico sin levantar sospechas. La operación no es muy complicada, la puede hacer uno mismo en su casa; pero hace falta pulso y sangre fría, y un cierto grado de obstinación, porque la cosa puede llevar su tiempo y hay que repetirla día tras día hasta la total extirpación.
El otro ingrediente imprescindible es la soledad. No importaba que mi mujer también estuviera en casa, ocupada en sus asuntos o descansando. Yo me acostaba solo, sin piedad, sin perdón, sin dar explicaciones, y así, noche tras noche, lo fui matando. Era como matar a un niño débil e indefenso, al que no conviene mirar a los ojos. Reconozco que hubo momentos difíciles, noches en las que me sentía culpable hasta que conseguía quedarme dormido, momentos en que me sofocaba la angustia y sentía miedo por la magnitud y el carácter irreversible de lo que estaba haciendo. Empecé a acortar las horas de descanso; me despertaba muy temprano para que, por la noche, el sueño me venciese nada más acabar la operación. A veces tenía sueños incómodos, acusadores, de evidente significación. Pero había empezado el trabajo y  ya no podía dejarlo a medias.
Un día me levanté, y la extirpación había sido completada. Me sentía un hombre nuevo, me permitía incluso bromear con una especie de optimismo condescendiente. Ahora era más fuerte, tanto que por momentos me creía casi invulnerable. Mi mujer estaba contenta, porque me veía de mejor humor. En las parejas que llevAan mucho tiempo juntas, ya se sabe, se pasan pequeñas crisis de las que ni siquiera hace falta hablar. Pero luego la cosa vuelve a normalizarse. Con el tiempo me permití incluso alguna broma amistosa, un abrazo de camaradas, un pescozón cariñoso. Es agradable el contacto de un cuerpo cálido y cercano. “Vaya –pensaba yo, cada vez que se producía uno de esos acercamientos-, brotes verdes, el rescoldo debajo de las cenizas”.
Pero no sentía ni la más mínima emoción.

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